Hay cosas que escondí en la arena.
Cosas rotas e inútiles que ya no quería, que ya no sentía mías. Cosas que
necesitaba olvidar. Las asfixié en mi mente, las ahogué para siempre en mis sueños.
Las maté, y las enterré en la arena fría de la madrugada. Empañé tus recuerdos,
cerré tus ojos, borré tu sonrisa, apagué tu voz y até tus manos. Luego me alejé, con mis culpables dedos
manchados de sal… Me alejé, deseando con todo mi ser que el mar y las horas
acabaran contigo y me lavaran de ti.
No negaré que en algún momento no haya
sentido la tentación de volver atrás para intentar desenterrarte, para
rescatarte del olvido y entregarme a ti una última vez. Más de mil veces
titubeé con pasos arrepentidos. Más de mil veces creí no haberte perdido… Pero de
esos momentos de debilidad me salvaba la certeza de que ya no te encontraría
allí, de que, aunque volviera, todo aquello que una vez fue nuestro yacía ahora
muerto, engullido por restos de piedra y coral, corroído por el salitre,
hundido en el fondo del mar... aquello ya no era ni tuyo ni mío; aquello estaba
muerto y vacío.
Entonces sentí cómo una parte de
mí perdía por fin tu nombre. Una parte de mí, esa que una vez hiciste tuya, se
arrastraba ahora por la orilla, deshaciéndose poco a poco en la marea. Esa
parte que se había contagiado de ti, esa parte que solo tenía sentido gracias a
ti… Esa ya no existía.

No hay comentarios:
Publicar un comentario