domingo, 16 de diciembre de 2012


Hay cosas que escondí en la arena. Cosas rotas e inútiles que ya no quería, que ya no sentía mías. Cosas que necesitaba olvidar. Las asfixié en mi mente, las ahogué para siempre en mis sueños. Las maté, y las enterré en la arena fría de la madrugada. Empañé tus recuerdos, cerré tus ojos, borré tu sonrisa, apagué tu voz y até tus manos.  Luego me alejé, con mis culpables dedos manchados de sal… Me alejé, deseando con todo mi ser que el mar y las horas acabaran contigo y me lavaran de ti.
 
No negaré que en algún momento no haya sentido la tentación de volver atrás para intentar desenterrarte, para rescatarte del olvido y entregarme a ti una última vez. Más de mil veces titubeé con pasos arrepentidos. Más de mil veces creí no haberte perdido… Pero de esos momentos de debilidad me salvaba la certeza de que ya no te encontraría allí, de que, aunque volviera, todo aquello que una vez fue nuestro yacía ahora muerto, engullido por restos de piedra y coral, corroído por el salitre, hundido en el fondo del mar... aquello ya no era ni tuyo ni mío; aquello estaba muerto y vacío.  

Entonces sentí cómo una parte de mí perdía por fin tu nombre. Una parte de mí, esa que una vez hiciste tuya, se arrastraba ahora por la orilla, deshaciéndose poco a poco en la marea. Esa parte que se había contagiado de ti, esa parte que solo tenía sentido gracias a ti… Esa ya no existía.