martes, 27 de diciembre de 2011

The Lighthouse

           

Me invade la imperiosa necesidad de subir a lo alto de ese viejo faro; ese olvidado coloso gris que tan estoicamente resiste al embate de las olas… esa triste pila de piedras. No es de extrañar que acuda a él en busca de abrigo ante esta tormenta: a pesar de su fealdad y decrepitud, el faro sigue sirviendo de fuerte contra la furia salvaje de la marea.

Solo ahora, desde la seguridad de sus viejos muros, me atrevo a mirar de frente al mar de medianoche, porque sé que él nunca dejará que las olas me arrastren a ese atávico abismo que allá abajo custodian; a ese agujero negro, a ese sumidero al que van a parar todas las cosas rotas… Y aún así, el mero hecho de posar mis ojos en su negra superficie de terciopelo parece un puro acto de sumisión; como si esa terrible oscuridad abisal tuviese el poder de consumir lentamente el brillo de mis ojos, de succionar mi mirada, y así atrapar para siempre mi alma entre celdas de coral y barcos hundidos…

…De hecho, mientras escribo esto temo que parte de mí ya se haya entregado incondicionalmente a ella… incluso si cerrara los ojos, el omnipresente rugir de las olas y el agudo lamento del viento saben trepar por las paredes y escurrirse en agujeros y grietas… los oigo subir por los muros de este faro… y sé que no pararán hasta encontrarme y llevarme con ellos.




                                                                     

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